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Cuántas cosas no hice porque pensaba que no debía hacerlas, porque no eran socialmente aceptadas, por miedo a la represión (véase Reflexiones sobre el miedo).

Cuántas cosas rechacé y me perdí porque rompían los esquemas que yo me había construido, influenciado siempre por los esquemas de los demás, por la cotidianeidad, por la normalidad, por la estandaridad, por la convencionalidad (véase Distorsión).

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que, ante decisiones complicadas, uno tiene que escuchar la profunda vocecilla que sale del pecho en forma de sentimiento, de energía, de fuego; una voz totalmente diferente a la del pensamiento, que no entiende de otra cosa más que de palabras (véase Reflexiones sobre Diosa y Dios).

Con el tiempo he llegado a la consideración del deseo, a hacer lo que realmente quiero y no lo que creo que debo hacer, a la conclusión de que debemos hacer lo que queremos, en lugar de querer hacer lo que debemos.

Porque el corazón entiende de cosas bien hechas (lo que se hace con amor está bien hecho, dijo Van Gogh), mientras que la conciencia sólo entiende de cosas hechas para quedar bien delante de los demás.

El deber es, como dije en Distorsión, una de las expectativas que la masa social proyecta sobre nosotros, contaminando nuestra voluntad y obligándonos a hacer, de forma dulcificada y edulcorada, lo que otros quieren que hagamos. El deber pasa, pues, de ser obligación a ser manipulación.

El deber es, como dice Eduardo Galeano, ese colonialismo invisible del alma que nos mutila de forma disimulada convenciéndonos de que la servidumbre es nuestro destino y la impotencia nuestra naturaleza; convenciéndonos de que no se puede decir, no se puede hacer, no se puede ser (véase La cultura del terror). Así, somos nosotros nuestros propios mutiladores, nuestros propios colonizadores, nuestros propios secuestradores, nuestros propios castigadores, nuestros propios asesinos. El deber es, por tanto, una fuerza suicida, una fuerza autoaniquiladora. Ya no necesitamos a alguien –a un Ramsés, a un César, a un Hernán Cortés, a un Hitler, a un Franco– que nos esclavice porque el deber ya se encarga de convertirnos en sus esclavos, en esclavos de nuestros padres, de nuestros profesores (que no educadores: la educación es libertaria o no es educación), de Dios y sus predicadores; de nosotros mismos, en fin, que creemos en la fuerza del deber y nos sometemos a su poder.

Henry Taylor dijo que, en la mayoría de las personas, la conciencia es la opinión anticipada de los demás. Nadie nace con conciencia, esto es un hecho. Ésta se adquiere con el paso del tiempo a través de un proceso de aprendizaje, que es a la vez experimental (a través de la observación, de la experiencia, del ensayo y error) y teórico (a través de los sermones, de las charlas, de las lecciones de moral). Pues bien, ya va siendo hora de alcanzar la metaconciencia y darnos cuenta de que la conciencia está muy contaminada por la educación autoritaria que hemos recibido desde la infancia. Haciendo caso a la conciencia le hacemos, en parte, caso a lo que aprendimos de los demás, nos guste o no. En ocasiones llegamos a seguir, incluso, los pasos de aquellos a los que detestábamos, sólo porque colonizaron nuestra conciencia a través de la idea del deber. Por eso necesitamos empezar a dejar que sea el corazón el que legisle nuestras propias normas, olvidando lo que está bien y lo que está mal, porque el bien y el mal son valoraciones subjetivas personales (véase Vamos a imaginar). Vivir, por tanto, guiado por el corazón es vivir más allá de las normas, lo que se conoce como moral post-convencional (más adelante trataré esto). También tendríamos que reconocer lo “correcto” de la conciencia (es decir, la parte generada por el aprendizaje experimental) y referirnos a ello como ciencia, porque realmente es eso. Hago énfasis en esto porque no quiero analizar la conciencia como algo negativo, sino como la suma de todo el conocimiento que hemos obtenido a través de la experiencia (conocimiento que es ciencia, más que conciencia) y de aquello que es ajeno a nosotros y que nos aliena.

El deber es, también, la alienación enmascarada de heroicidad. A veces pensamos que, haciendo las cosas “porque es nuestro deber”, estamos cumpliendo con valentía lo que nos dicta el destino. Demasiadas películas de héroes norteamericanas. El deber, en realidad, nos deja de lado a nosotros mismos, con todo lo que llevamos dentro, fragmentándonos. Este “héroe” guiado por el deber jamás vivirá para sí sino que vivirá para los demás. Si vive para los demás porque cree que es su deber, serán los demás los que posean su vida. Si, en cambio, vive para los demás porque quiere, su vida está bajo su posesión ya que no ha dejado su deseo de lado, no se ha dejado a sí de lado. Eso de obrar por el destino es otra falacia de la mente puesto que el destino es una ilusión que, como expongo, no deja espacio para nosotros, para nuestra verdadera voluntad (véase Reflexiones sobre el destino).

Otra cara del deber, parecida a la heroicidad, es la de la solidaridad: las mujeres que se encargan de las labores de casa porque afirman que es su deber, las personas que donan dinero a las instituciones porque afirman que es su deber, los niños que ayudan u obedecen incondicionalmente porque piensan que es su deber… He aquí de nuevo, disfrazadas de deber, la dominación y la alienación de padres sobre hijos, de maridos sobre mujeres, de sacerdotes sobre feligreses, de presidentes sobre voluntarios…

Es así como la noción de deber se llega a convertir en catalizador de confusiones o trastornos de personalidad y conducta que pueden llegar a detonar en esquizofrenias cuando la persona se da cuenta de que dentro de ella hay contradicciones, cosas que quieren salir pero que por razones “lógicas” es mejor que se queden dentro; cuando la persona piensa una cosa y siente otra, cuando tiene que cambiar su forma innata e inherente de actuar por no ser “moralmente correcta”. Sobre esto puedo poner como ejemplo las personas que, sintiendo atracción por personas de su mismo sexo, deciden no ser fieles a ellas mismas y hacer lo que es más “socialmente correcto” hacer, es decir, reprimir su deseo de estar con una persona de su mismo sexo y obligarse a estar con una persona del sexo contrario (y puedo hablar de esto porque sé lo que es).

Quiero también recordar el sentido de la rebeldía: una fuerza que, para mí, es antagónica a la fuerza del deber; el conjunto de mecanismos autorreguladores que mantienen el equilibrio de quien soy (véase Rebeldía). Gracias a que he sido bastante rebelde a lo largo de mi vida ahora puedo disfrutar de ella tal y como yo quiero.

En cuanto a la moral post-convencional que nombré anteriormente, creo que la evolución en la moral del ser humano tiene que ver con la evolución de la concepción del deber. Existen tres niveles del desarrollo moral: el preconvencional, el convencional y el postconvencional.

El nivel preconvencional es el de la obediencia. Suele iniciarse a los 3 años y terminar a los 10. Es un nivel de egoísmo en el que el niño sólo piensa en sí mismo. En cambio, su criterio moral es el que emana de la autoridad de sus superiores y, por tanto, debe obedecer para no ser castigado. Al final de este período, el niño aprende a distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, debiendo hacer siempre las cosas que están bien, pero siendo el bien un concepto creado por influencia de su entorno cercano. El niño, en fin, aprende las normas y las cumple.

El nivel convencional es el de la conformidad. Empieza a darse a los 10 años y muchas personas continúan en este nivel toda la vida. Hay una aceptación de las leyes, reglas o normas sociales. Empieza a haber conciencia de grupo, con la consiguiente preocupación por los intereses de este. Se busca la aprobación de los demás, siendo ellos los jueces de la propia conducta. En este nivel la persona piensa que debe ser buena persona, de cara a sí misma y de cara a los demás, y puede ser que piense lo mismo toda la vida. El niño que aprendió las normas pasa ahora a convertirse en una persona que entiende el por qué de las normas.

El nivel postconvencional es el de la autoaceptación. Si se alcanza, suele ser a partir del fin de la adolescencia. Es el nivel del pensamiento democrático, de la defensa de los derechos universales de los seres humanos, de la libertad basada en el respeto a los demás (lo conocido como contrato social). Los principios morales son escogidos por uno mismo y, por tanto, autoaceptados.  Para tomar sus decisiones morales, la persona no se guía por el deber, sino por principios universales de justicia en su sentido más elevado. En este nivel, la persona que comprendió la causa y el fin de las normas sociales pasa a vivir más allá de las normas y las leyes.

Por otro lado, en su teoría del psicoanálisis, Sigmund Freud expone que la personalidad se divide en tres estructuras: ello, yo y súper-yo. El ello es la estructura formada por los instintos, el principio de placer, las pulsiones primarias. El yo es la estructura racional formada a través del contacto del individuo con la realidad, pero carente de moralidad, es decir, sin discernimiento del bien y el mal. El súper-yo es la estructura formada por la normativa moral, por el principio del deber. El ello forma parte de nosotros desde que nacemos, como animales que somos, y el yo se va formando a los dos años de edad, desplegando todo el potencial de la mente humana (aprendizaje, memorización, razonamiento lógico). El súper-yo se va formando a partir de los 5 años como resultado del proceso de enculturación que sufren los niños al vivir en una sociedad determinada con unas características culturales determinadas. En este proceso de enculturación (llevado a cabo básicamente en casa, en la escuela y en la iglesia) van aprendiendo las reglas sociales básicas de convivencia, las normas del hogar, las prohibiciones, lo que está bien, lo que está mal; pero también los mitos, las creencias, las fes, las leyendas, las supersticiones, los prejuicios… El problema de este proceso de enculturación que conforma el súper-yo es que es un proceso que, en la mayoría de casos, persigue la “domesticación” del ello y el mutismo y la conquista del yo.

Que la cultura (súper-yo) quiera superponerse a la parte natural del ser humano (ello) yo lo veo como problema porque, como dice Edgar Morin, el ser humano es completamente biológico (es decir, completamente animal) y completamente cultural (es decir, completamente no-animal). No debemos olvidar que, por muy homo sapiens sapiens que seamos, seguimos siendo animales y eso es una parte que jamás hemos de olvidar ni de rechazar. Tenemos algo que nos diferencia de los animales, y es el yo, nuestra parte racional, que nos permite llevar una vida distinta a ellos, evolutivamente superior. Pero es el súper-yo, nuestra parte cultural, la que nos convence, no sólo de que debemos reprimir nuestra parte animal (el ello), sino de que el ser humano es el ser vivo más importante de todo el planeta y el resto de seres sólo existen para nuestra disposición (valor instrumental). Esto es lo que se conoce como antropocentrismo. Lo que yo propongo es algo que ya Jean-Jacques Rousseau planteó siglos atrás en su protesta contra el formalismo racionalista: el retorno a la naturaleza; la revalorización de los sentidos y de las emociones como verdadera expresión de la naturaleza humana.

Otro autor, como es Jorge Bucay, también se atrevió a escribir sobre esto. En su alegoría del carruaje realiza comparaciones simbólicas del cuerpo, de la mente y del corazón (véase La alegoría del carruaje). Se refiere a la cabina del carruaje como el cuerpo que recibimos al nacer en forma de regalo. Los caballos que tiran del carruaje son los deseos, las necesidades, las pulsiones, los afectos que nos impulsan a la acción. Sin embargo, como los deseos, dejados a su aire, pueden conducirnos por caminos demasiado peligrosos (algo que los caballos no pueden advertir), necesitamos de un cochero que los maneje, es decir, nuestro intelecto, nuestra capacidad para pensar racionalmente. Somos el carruaje, somos los caballos, somos el cochero y somos el pasajero que va dentro, y necesitamos una armonía entre todas estas partes, sin dejar de lado a ninguna de ellas. Dejar que el cuerpo sea llevado sólo por los impulsos, afectos o pasiones, puede ser sumamente peligroso; necesitamos de la mente para ejercer cierto orden en nuestra vida. Pero hay algo que no debemos olvidar: el cochero sólo sirve para evaluar el camino; quienes realmente tiran del carruaje son los caballos, y estos tienen que ser alimentados, protegidos y liberados porque, sin caballos, el carruaje no se movería.

Otro famoso escritor, Paulo Coelho, escribió un cuento sobre un hombre turco que viajó hasta Persia en busca de un gran sabio para hacerle una pregunta (véase Pregúntale a tu corazón). El sabio le dijo que sólo podría hacer una pregunta. El hombre turco, que quería ser claro en su pregunta, le preguntó si podía preguntar en turco. El sabio persa le respondió que sí, y que ya había respondido a su única pregunta. Le dijo, además, que si quería saber cualquier otra cosa, que le preguntase a su corazón. Este autor, Paulo Coelho, insiste, como bien se puede comprobar en su libro El alquimista, en la necesidad de hablar a menudo con nuestro corazón y, sobre todo, aprender a escucharle cuando quiera comunicarse con nosotros, ya que él es capaz de percibir y entender cosas que nuestra mente no es capaz.

Para finalizar, quisiera citar un verso del rey Salomón recogido en su libro de proverbios (4:23): “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.”

Sin nada más que añadir por el momento, quisiera terminar este análisis celebrando orgulloso que cada día soy más quien yo quiero ser y que todos los trastornos psíquicos que he sufrido a causa de lo aquí expuesto son, cada día más, parte del pasado. Y también, después de analizar objetivamente mis ideas sobre la libertad y el deber, creo que he de confesar que soy (no sé aun si orgulloso o no) un educador anarquista antiautoritario.

LA ALEGORÍA DEL CARRUAJE

Un día, suena el teléfono.

La llamada es para mí.

Apenas atiendo, una voz muy familiar me dice:

- Hola, soy yo. Sal a la calle. Hay un obsequio para ti.

Entusiasmado, me dirijo a la acera y me encuentro con el regalo. Es un precioso carruaje estacionado justo, justo, frente a la puesta de mi casa. Es de madera de nogal lustrada, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica blanca, todo muy fino, muy elegante, muy “chic”.

Abro la portezuela de la cabina y subo. Un gran asiento semicircular tapizado en pana burdeos y unos visillos de encaje blanco le dan un toque de realeza al cubículo. Me siento y me doy cuenta de que todo está diseñado exclusivamente para mí: está calculado el largo de las piernas, el ancho del asiento, la altura del techo… Todo es muy cómodo, y no hay lugar para nadie más.

Entonces, miro por la ventana y veo “el paisaje”: de un lado, la fachada de mi casa; del otro, la de la casa de mi vecino… Y digo: “¡Qué maravilloso este regalo! Qué bien, qué bonito…” Y me quedo disfrutando de esa sensación.

Al rato, empiezo a aburrirme.

Lo que se ve por la ventana es siempre lo mismo.

Me pregunto: “¿Cuánto tiempo puede uno ver las mismas cosas?” Y empiezo a convencerme de que el regalo que me hicieron no sirve para nada.

De eso me ando quejando en voz alta cuando pasa mi vecino, que me dice, como adivinándome el pensamiento:

- ¿No te das cuenta de que a este carruaje le falta algo?

Yo pongo cara de “qué-le-falta” mientas miro las alfombras y los tapizados.

- Le faltan los caballos -me dice antes de que llegue a preguntarle-

Por eso veo siempre lo mismo -pienso-, por eso me parece aburrido…

- Cierto -digo yo-.

Entonces voy hasta el corralón de la estación y consigo dos caballos, fuertes, jóvenes, briosos. Ato los animales al carruaje, me subo otra vez y, desde dentro grito:

- ¡¡Eaaaaa!!

El paisaje se vuelve maravilloso, extraordinario, cambia permanentemente y eso me sorprende.

Sin embargo, al poco tiempo empiezo a sentir cierta vibración en el vehículo y una rajadura se insinúa en uno de los laterales.

Son los caballos que me conducen por caminos terribles; atraviesan todos los pozos, se suben a las veredas, me llevan por barrios peligrosos.

Me doy cuenta de que no tengo ningún control de nada; esas bestias me arrastran a donde ellas quieren.

Al principio me pareció que la aventura que se presentaba era muy divertida pero, al final, siento que esto que pasa es muy peligroso.

Comienzo a asustarme y a darme cuenta de que esto tampoco sirve.

En ese momento, veo a mi vecino que pasa por allí cerca, en su coche. Lo insulto:

- ¡Qué me hizo!

Me grita:

- ¡Te falta el cochero!

- ¡Ah! -digo yo.

Con gran dificultad y con su ayuda, sofreno los caballos y decido contratar a un cochero.

Tengo suerte. Lo encuentro.

Es un hombre formal y circunspecto, con cara de poco humor y mucho conocimiento.

A los pocos días asume funciones.

Me parece que ahora sí estoy preparado para disfrutar verdaderamente del regalo que me hicieron.

Me subo, me acomodo, asomo la cabeza y le indico al cochero adónde quiero ir.

Él conduce, tiene toda la situación bajo control. Él decide la velocidad adecuada y elige la mejor ruta.

Yo en la cabina… disfruto del viaje.

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Esta pequeña alegoría debería servirnos para entender el concepto holístico del ser.

Como producto de la unión de dos pequeñísimas células y del deseo de dos personas, hace muchos años fuimos concebidos. Y aún antes de nacer ya habíamos recibido el primer regalo: nuestro cuerpo.

Una especie de carruaje, diseñado especialmente para cada uno de nosotros. Un vehículo capaz de adaptarse a los cambios, capaz de modificarse con el paso del tiempo, pero diseñado para acompañarnos durante todo el viaje.

En aquel momento, a poco de dejar nuestra protegida “casa materna”, ese cuerpo nuestro registró un deseo, una necesidad, un requerimiento instintivo, y se movió.

El cuerpo sin deseos, necesidades, pulsiones o afectos que lo impulsen a la acción sería como un carruaje que no tuviese caballos.

Sin embargo, pronto fue quedando claro que los deseos, dejados a su aire, podrían conducirnos por caminos demasiado arriesgados, frustrantes y hasta peligrosos. Nos dimos cuenta de la necesidad de sofrenarlos.

Aquí apareció la figura del cochero: en nosotros, nuestra mente, nuestro intelecto, nuestra capacidad de pensar racionalmente.

Cada uno de nosotros es, por lo menos, los tres personajes que intervienen en la alegoría durante todo el camino, es decir, a lo largo de toda nuestra vida: somos el carruaje, somos los caballos y somos el cochero, al igual que somos el pasajero. Somos nuestro cuerpo, somos nuestros deseos, necesidades y emociones, somos nuestro intelecto y nuestra mente, tanto como somos nuestros aspectos más espirituales y metafísicos.

La armonía deberemos construirla con todas estas partes, cuidando de no dejar de ocuparnos de ninguno de los protagonistas.

Dejar que el cuerpo sea llevado sólo por los impulsos, afectos o pasiones, puede ser y es sumamente peligroso. Necesitamos de la mente para ejercer cierto orden en nuestra vida.

El cochero sirve para evaluar el camino, la ruta. Pero quienes realmente tiran del carruaje son los caballos. No debemos permitir que el cochero los descuide. Tienen que ser alimentados y protegidos, porque… ¿Qué haríamos sin los caballos? ¿Qué sería de nosotros si fuéramos solamente cuerpo y cerebro? Si no tuviéramos ningún deseo, ¿cómo sería la vida?

Obviamente, tampoco podemos descuidar el carruaje. Y esto implicará reparar, cuidar, afinar lo que sea necesario para su mantenimiento, porque debe durar todo el trayecto. Si nadie lo cuida, el carruaje se rompe y, entonces, el viaje puede terminarse demasiado pronto.

Cuando pronuncio la palabra Futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado.
Cuando pronuncio la palabra Silencio,
lo destruyo.
Cuando pronuncio la palabra Nada,
creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.

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Ayer, 13 de Octubre de 2009, se cumplieron 100 años de la muerte de Francesc Ferrer i Guàrdia. Muerte no natural, para quien no tenga ni idea de la vida de este señor. Muerte inducida, provocada por fusiles. Fusiles sostenidos por manos que odiaron la justicia, la verdad, la libertad y el amor.

Todo ocurrió durante la Semana Trágica de Barcelona en 1909. Ferrer fue acusado de ser instigador de dicha revuelta, una revuelta básicamente anticlerical. Pero, ¿qué suponía la figura de Ferrer para sus acusadores? ¿Qué temor les producía para tener que llegar a fusilarlo?

Su crimen es el de ser republicano, socialista, librepensador; su crimen es haber creado la enseñanza laica en Barcelona, instruido a millares de niños en la moral independiente, su crimen es haber fundado escuelas”, dijo Anatole France, un escritor francés.

Ferrer fue un pedagogo libertario que recogió la tradición moderna de Rousseau en contra de la autoridad y de la cosmovisión religiosa para adaptarla al anarquismo y al librepensamiento. En 1901 fundó la Escuela Moderna, un proyecto práctico de la pedagogía libertaria que le acarreó la enemistad con los sectores conservadores y con la Iglesia Católica, que veían en estas escuelas una amenaza para sus intereses. En sus aulas no se impartían enseñanzas religiosas pero sí científicas y humanistas, se fomentaba la cooperación, el pensamiento libre e individual, el desarrollo integral del niño, la igualdad de género… Su meta era extirpar del cerebro de las personas todo lo que nos divide, reemplazándolo por la fraternidad y solidaridad indispensables para la libertad y el bienestar generales para todos. Ferrer, incluso, situó a ambos sexos a igual nivel, cosa que por entonces era algo impensable. “El niño es libre, libre incluso de dejar la escuela”, era una de las máximas de Ferrer.

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“¿Qué es la Escuela Moderna? Es la continuación de la eterna lucha de la luz contra las tinieblas, de la evolución contra el estacionamiento, de los esclavos contra los señores, de los siervos contra el feudalismo, del proletariado contra la burguesía, de la libertad contra el privilegio, de la razón contra el dogma, de la verdad contra la superstición, de lo que no es y debería ser contra lo que es y no debería existir, de la vida contra la muerte, del hombre-realidad contra el dios-ficción”

L.Portet

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“Ferrer y sus seguidores consideraron que la verdadera educación racional no se basa en una razón artificial -ideológica, podría decirse-, sino en una razón postulada natural. “Natural” en el sentido de que busca el reencuentro o identificación (reconciliación) del ser humano consigo mismo, a través de su identificación del ser humano con su propia obra y con la naturaleza exterior. Ésta se rige por leyes de solidaridad entre sus elementos. Y nuestras sociedades, en la medida en que no se atienen a este “apoyo mutuo”, adolecen de una organización antinatural e irracional.”

Pere Solà Gussinyer

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Uno de los rasgos constitutivos más característicos de las escuelas racionalistas de Ferrer era la consideración de que, tanto o más que la razón, lo que contribuye a personalizar al individuo son los sentimientos. Ahora bien, la vida afectiva está siendo sometida por la civilización capitalista a condicionamientos que la prostituyen. Por ello, frente al sentimiento adulterado, domesticado, hay que devolver todo su valor a los instintos, a las pulsiones elementales, y en especial a los sentimientos erótico-sexuales. El Eros debe expandirse sin barreras artificiales.

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“Soluciones comprobadas por los hechos, teorías aceptadas por la razón, verdades confirmadas por la evidencia, eso es lo que constituye nuestra enseñanza, encaminada a que cada cerebro sea el motor de una voluntad, y a que las verdades brillen por sí en abstracto, arraiguen en todo entendimiento y, aplicadas en la práctica, beneficien a la humanidad sin exclusiones indignas ni exclusivismos repugnantes.”

Anselmo Lorenzo

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En fin, creo que queda de manifiesto la causa del asesinato de aquel gran señor. Él sólo trabajaba para conseguir un mundo mejor. Lo que pasa es que en ése mundo idealizado y utópico que Ferrer buscaba muchas de las personas e instituciones que hoy en día tienen demasiado poder sobre la humanidad tendrían que dejar de existir. Por tanto, si alguna vez conseguimos llegar a ése mundo mejor, quizá ya no queden muchas personas para disfrutarlo, ya que las entidades que se oponen lucharán con uñas y dientes por su permanencia parasitaria.

Necesitamos de una educación anarquista que nos ayude a no perdernos de vista, a no permitir que otros adulteren nuestros sentimientos, a denunciar la injusticia, la manipulación y la esclavitud.

Para terminar este homenaje, añado algunas de las citas de Ferrer en su libro “La Escuela Moderna”.

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“Una educación racional y una enseñanza científica salvarían a la infancia del error, darían a los humanos la bondad necesaria y reorganizarían la sociedad en conformidad con la justicia.”

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“Yo me debo a mis ideas y a la humanidad.”

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“La verdad es de todos y socialmente se debe a todo el mundo. Ponerle precio, reservarla como monopolio de los poderoso, dejar en sistemática ignorancia a los humildes y, lo que es peor, darles una verdad dogmática y oficial en contradicción con la ciencia para que acepten sin protesta su ínfimo y deplorable estado, bajo un régimen democrático, es una indignidad intolerable, y, por mi parte, juzgo que la más eficaz protesta y la más positiva acción revolucionaria consiste en dar a los oprimidos, a los desheredados y a cuantos sientan impulsos justicieros, esa verdad que se les estafa, determinante de las energías suficientes y necesarias para la gran obra de la regeneración de la sociedad.”

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“La misión de la Escuela Moderna consiste en hacer que los niños y niñas que se le confíen lleguen a ser personas instruidas, verídicas, justas y libres de todo prejuicio. Para ello, sustituirá el estudio dogmático por el razonado de las ciencias naturales.”

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“La manifestación más importante de la enseñanza racional, dado el atraso intelectual del país, lo que por de pronto podía chocar más contra las preocupaciones y las costumbres, era la coeducación de niñas y niños. (…) Hemos dejado a la mujer en la superstición y en la ignorancia, y de ahí resulta que, siendo nuestra compañera, no sea nuestra colaboradora”.

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“Los convencionalismos y el temor al qué dirán pueden llegar a ser terribles obstáculos que esterilizan infinitas buenas disposiciones y que, por tanto, no deben predominar sobre la razón.”

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“A las almas nobles, a los corazones altruistas, está reservado abrir la nueva senda por donde se han de deslizar las nuevas generaciones a más felices destinos.”

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(Más en la página de citas célebres)

EL BITXO

(…) El problema radicaba en el hecho de que yo le había planteado preguntas muy precisas que tendían a dislocarla hacia mi horizonte conceptual. En el centro de mi mirada no estaba ella con su saber, sino yo con mi curiosidad y mis intereses.

(…) Para que el auténtico sentido de la experiencia encuentre las palabras justas para decirse, son necesarios tiempos de puro placer en la palabra, tiempos de goce en el narrarse; tiempos desvinculados de toda finalidad, desvinculados de aquellas acciones utilitarias tendentes a un objetivo concreto, que con demasiada frecuencia dominan nuestra actividad: Es un tiempo sustraído a cualquier fin predefinido, el tiempo regalado al placer de estar en relación con otro u otra lo que permite la emergencia de una atención abierta y centrada en sus palabras. La comunicación se llena de significado cuando el que es invitado o invitada a hablar de sí percibe que quien escucha no tiene expectativas precisas, no está interesado o interesada en este o aquel aspecto de su experiencia sino que está allí por el simple deseo y gusto de escuchar, de confiarse a sus palabras porque les reconoce autoridad.

Luigina Mortari

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El bitxo es la mirada al otro que le reduce a problemáticas. El bitxo es lo que ponemos en la mirada al otro y nos deja ver tan sólo una carencia. El bitxo nos lleva a hablar de los marginados, de los excluidos, del cuarto mundo. El bitxo es el juicio que se interpone en la relación. El bitxo es lo que me hace esperar determinadas cosas (expectativas, prejuicios). Es la mirada al otro como arquetipo separado de nosotros. Otro simplificado y reducido. Es necesario separar las circunstancias de la vida del otro. Relacionarse con él, que es más que estas circunstancias.

El trabajo para reconocer este bicho es un trabajo de pensarse y pensarse en relación, es un trabajo de mirar al otro que está en mí. Ponerme en primera persona pero entendiendo que no soy la medida de las coas.

Dice Remei Arnaus que el amor a la relación porque sí permite dejarse transformar en cada práctica de relación educativa. Porque este amor entraña la aceptación y el consentimiento de la irreductibilidad del otro.

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Clara Arbiol

Perdí algunas diosas en el camino de sur a norte,
y también muchos dioses en el camino de este a oeste.
Se me apagaron para siempre un par de estrellas, ábrete cielo.
Se me hundió en el mar una isla, otra.
Ni siquiera sé exactamente dónde dejé las garras,
quién trae mi piel, quién vive en mi concha.
Mis hermanos murieron cuando me arrastré a la orilla
y sólo algún huesito celebra en mí ese aniversario.
Salté de mi pellejo, perdí vértebras y piernas,
me alejé de mis sentidos muchísimas veces.
Desde hace mucho cerré mi tercer ojo ante todo esto,
me despedí de todo con la aleta, me encogí de ramas.

Se esfumó, se perdió, se dispersó a los cuatro vientos.
Yo misma me sorprendo de mí misma,de lo poco que quedó de mí:
un individuo aislado, del género humano por ahora,
que sólo perdió su paraguas ayer en el tranvía.

PREGÚNTALE A TU CORAZÓN

Un hombre que vivía en Turquía oyó hablar de un gran maestro que moraba en Persia. Sin dudarlo, vendió todas sus cosas, se despidió de la familia, y se fue en busca de la sabiduría.

Después de viajar durante años, consiguió llegar a la cabaña en la que vivía el gran maestro. Lleno de terror y de respeto, se acercó y llamó.

El gran maestro abrió la puerta.

- Vengo de Turquía -dijo-. Hice todo este viaje sólo para hacerle una pregunta.

El viejo lo miró, sorprendido:

- Está bien, puedes hacer sólo una pregunta.

- Necesito ser claro en mi pregunta; ¿puedo preguntar en turco?

- Sí -dijo el sabio-, y ya he respondido a tu única pregunta. Cualquier otra cosa que quieras saber, pregúntasela a tu corazón; él te dará la respuesta.

Y cerró la puerta.

DÍA 16 DE MAYO 1973

Una de esas muchas fechas
que ya no me dicen nada.

A dónde fui ese día,
qué hice, no lo sé.
Si en los alrededores se hubiera cometido un crimen,
no tendría coartada.

El sol brilló y se apagó
sin que yo me diera cuenta.
La tierra giró
y no lo mencioné en mi diario.

Preferiría pensar
que morí brevemente,
y no que nada recuerdo,
aunque viví sin pausa.

Pues si no fui ningún fantasma:
respiré y comí,
di pasos
que se oían
y las huellas de mis dedos
tuvieron que haber quedado en las puertas.

Me reflejé en el espejo.
Llevaba puesto algo de algún color.
Y seguro que hubo gente que me vio.

Quizá ese día
encontré algo que había perdido antes.
Quizá perdí algo que encontré después.

Me embargaron sensaciones, sentimientos.
Ahora todo eso es
como puntos entre paréntesis.

En dónde me metí,
en dónde me enterré,
en verdad no es un mal truco
perderse a una misma de vista.

Agito mi memoria,
tal vez algo en sus ramas,
adormecido por años,
salga de pronto volando.
No.
Evidentemente exijo demasiado:
tanto como un segundo.

LA CULTURA DEL TERROR

El colonialismo visible te mutila sin disimulo: te prohíbe decir, te prohíbe hacer, te prohíbe ser. El colonialismo invisible, en cambio, te convence de que la servidumbre es tu destino y la impotencia tu naturaleza: te convence de que no se puede decir, no se puede hacer, no se puede ser.

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