REFLEXIONES SOBRE EL DEBER: VIVIR MÁS ALLÁ DE LAS NORMAS

1 comentario

Cuántas cosas no hice porque pensaba que no debía hacerlas, porque no eran socialmente aceptadas, por miedo a la represión (véase Reflexiones sobre el miedo).

Cuántas cosas rechacé y me perdí porque rompían los esquemas que yo me había construido, influenciado siempre por los esquemas de los demás, por la cotidianeidad, por la normalidad, por la estandaridad, por la convencionalidad (véase Distorsión).

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que, ante decisiones complicadas, uno tiene que escuchar la profunda vocecilla que sale del pecho en forma de sentimiento, de energía, de fuego; una voz totalmente diferente a la del pensamiento, que no entiende de otra cosa más que de palabras (véase Reflexiones sobre Diosa y Dios).

Con el tiempo he llegado a la consideración del deseo, a hacer lo que realmente quiero y no lo que creo que debo hacer, a la conclusión de que debemos hacer lo que queremos, en lugar de querer hacer lo que debemos.

Porque el corazón entiende de cosas bien hechas (lo que se hace con amor está bien hecho, dijo Van Gogh), mientras que la conciencia sólo entiende de cosas hechas para quedar bien delante de los demás.

El deber es, como dije en Distorsión, una de las expectativas que la masa social proyecta sobre nosotros, contaminando nuestra voluntad y obligándonos a hacer, de forma dulcificada y edulcorada, lo que otros quieren que hagamos. El deber pasa, pues, de ser obligación a ser manipulación.

El deber es, como dice Eduardo Galeano, ese colonialismo invisible del alma que nos mutila de forma disimulada convenciéndonos de que la servidumbre es nuestro destino y la impotencia nuestra naturaleza; convenciéndonos de que no se puede decir, no se puede hacer, no se puede ser. Así, somos nosotros nuestros propios mutiladores, nuestros propios colonizadores, nuestros propios secuestradores, nuestros propios castigadores, nuestros propios asesinos. El deber es, por tanto, una fuerza suicida, una fuerza autoaniquiladora. Ya no necesitamos a alguien –a un Ramsés, a un César, a un Hernán Cortés, a un Hitler, a un Franco– que nos esclavice porque el deber ya se encarga de convertirnos en sus esclavos, en esclavos de nuestros padres, de nuestros profesores (que no educadores: la educación es libertaria o no es educación), de Dios y sus predicadores; de nosotros mismos, en fin, que creemos en la fuerza del deber y nos sometemos a su poder.

Henry Taylor dijo que, en la mayoría de las personas, la conciencia es la opinión anticipada de los demás. Nadie nace con conciencia, esto es un hecho. Ésta se adquiere con el paso del tiempo a través de un proceso de aprendizaje, que es a la vez experimental (a través de la observación, de la experiencia, del ensayo y error) y teórico (a través de los sermones, de las charlas, de las lecciones de moral). Pues bien, ya va siendo hora de alcanzar la metaconciencia y darnos cuenta de que la conciencia está muy contaminada por la educación autoritaria que hemos recibido desde la infancia. Haciendo caso a la conciencia le hacemos, en parte, caso a lo que aprendimos de los demás, nos guste o no. En ocasiones llegamos a seguir, incluso, los pasos de aquellos a los que detestábamos, sólo porque colonizaron nuestra conciencia a través de la idea del deber. Por eso necesitamos empezar a dejar que sea el corazón el que legisle nuestras propias normas, olvidando lo que está bien y lo que está mal, porque el bien y el mal son valoraciones subjetivas personales (véase Vamos a imaginar). Vivir, por tanto, guiado por el corazón es vivir más allá de las normas, lo que se conoce como moral post-convencional (más adelante trataré esto). También tendríamos que reconocer lo “correcto” de la conciencia (es decir, la parte generada por el aprendizaje experimental) y referirnos a ello como ciencia, porque realmente es eso. Hago énfasis en esto porque no quiero analizar la conciencia como algo negativo, sino como la suma de todo el conocimiento que hemos obtenido a través de la experiencia (conocimiento que es ciencia, más que conciencia) y de aquello que es ajeno a nosotros y que nos aliena.

El deber es, también, la alienación enmascarada de heroicidad. A veces pensamos que, haciendo las cosas “porque es nuestro deber”, estamos cumpliendo con valentía lo que nos dicta el destino. Demasiadas películas de héroes norteamericanas. El deber, en realidad, nos deja de lado a nosotros mismos, con todo lo que llevamos dentro, fragmentándonos. Este “héroe” guiado por el deber jamás vivirá para sí sino que vivirá para los demás. Si vive para los demás porque cree que es su deber, serán los demás los que posean su vida. Si, en cambio, vive para los demás porque quiere, su vida está bajo su posesión ya que no ha dejado su deseo de lado, no se ha dejado a sí de lado. Eso de obrar por el destino es otra falacia de la mente puesto que el destino es una ilusión que, como expongo, no deja espacio para nosotros, para nuestra verdadera voluntad (véase Reflexiones sobre el destino).

Otra cara del deber, parecida a la heroicidad, es la de la solidaridad: las mujeres que se encargan de las labores de casa porque afirman que es su deber, las personas que donan dinero a las instituciones porque afirman que es su deber, los niños que ayudan u obedecen incondicionalmente porque piensan que es su deber… He aquí de nuevo, disfrazadas de deber, la dominación y la alienación de padres sobre hijos, de maridos sobre mujeres, de sacerdotes sobre feligreses, de presidentes sobre voluntarios…

Es así como la noción de deber se llega a convertir en catalizador de confusiones o trastornos de personalidad y conducta que pueden llegar a detonar en esquizofrenias cuando la persona se da cuenta de que dentro de ella hay contradicciones, cosas que quieren salir pero que por razones “lógicas” es mejor que se queden dentro; cuando la persona piensa una cosa y siente otra, cuando tiene que cambiar su forma innata e inherente de actuar por no ser “moralmente correcta”. Sobre esto puedo poner como ejemplo las personas que, sintiendo atracción por personas de su mismo sexo, deciden no ser fieles a ellas mismas y hacer lo que es más “socialmente correcto” hacer, es decir, reprimir su deseo de estar con una persona de su mismo sexo y obligarse a estar con una persona del sexo contrario (y puedo hablar de esto porque sé lo que es).

Quiero también recordar el sentido de la rebeldía: una fuerza que, para mí, es antagónica a la fuerza del deber; el conjunto de mecanismos autorreguladores que mantienen el equilibrio de quien soy (véase Rebeldía). Gracias a que he sido bastante rebelde a lo largo de mi vida ahora puedo disfrutar de ella tal y como yo quiero.

En cuanto a la moral post-convencional que nombré anteriormente, creo que la evolución en la moral del ser humano tiene que ver con la evolución de la concepción del deber. Existen tres niveles del desarrollo moral: el preconvencional, el convencional y el postconvencional.

El nivel preconvencional es el de la obediencia. Suele iniciarse a los 3 años y terminar a los 10. Es un nivel de egoísmo en el que el niño sólo piensa en sí mismo. En cambio, su criterio moral es el que emana de la autoridad de sus superiores y, por tanto, debe obedecer para no ser castigado. Al final de este período, el niño aprende a distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, debiendo hacer siempre las cosas que están bien, pero siendo el bien un concepto creado por influencia de su entorno cercano. El niño, en fin, aprende las normas y las cumple.

El nivel convencional es el de la conformidad. Empieza a darse a los 10 años y muchas personas continúan en este nivel toda la vida. Hay una aceptación de las leyes, reglas o normas sociales. Empieza a haber conciencia de grupo, con la consiguiente preocupación por los intereses de este. Se busca la aprobación de los demás, siendo ellos los jueces de la propia conducta. En este nivel la persona piensa que debe ser buena persona, de cara a sí misma y de cara a los demás, y puede ser que piense lo mismo toda la vida. El niño que aprendió las normas pasa ahora a convertirse en una persona que entiende el por qué de las normas.

El nivel postconvencional es el de la autoaceptación. Si se alcanza, suele ser a partir del fin de la adolescencia. Es el nivel del pensamiento democrático, de la defensa de los derechos universales de los seres humanos, de la libertad basada en el respeto a los demás (lo conocido como contrato social). Los principios morales son escogidos por uno mismo y, por tanto, autoaceptados.  Para tomar sus decisiones morales, la persona no se guía por el deber, sino por principios universales de justicia en su sentido más elevado. En este nivel, la persona que comprendió la causa y el fin de las normas sociales pasa a vivir más allá de las normas y las leyes.

Por otro lado, en su teoría del psicoanálisis, Sigmund Freud expone que la personalidad se divide en tres estructuras: ello, yo y súper-yo. El ello es la estructura formada por los instintos, el principio de placer, las pulsiones primarias. El yo es la estructura racional formada a través del contacto del individuo con la realidad, pero carente de moralidad, es decir, sin discernimiento del bien y el mal. El súper-yo es la estructura formada por la normativa moral, por el principio del deber. El ello forma parte de nosotros desde que nacemos, como animales que somos, y el yo se va formando a los dos años de edad, desplegando todo el potencial de la mente humana (aprendizaje, memorización, razonamiento lógico). El súper-yo se va formando a partir de los 5 años como resultado del proceso de enculturación que sufren los niños al vivir en una sociedad determinada con unas características culturales determinadas. En este proceso de enculturación (llevado a cabo básicamente en casa, en la escuela y en la iglesia) van aprendiendo las reglas sociales básicas de convivencia, las normas del hogar, las prohibiciones, lo que está bien, lo que está mal; pero también los mitos, las creencias, las fes, las leyendas, las supersticiones, los prejuicios… El problema de este proceso de enculturación que conforma el súper-yo es que es un proceso que, en la mayoría de casos, persigue la “domesticación” del ello y el mutismo y la conquista del yo.

Que la cultura (súper-yo) quiera superponerse a la parte natural del ser humano (ello) yo lo veo como problema porque, como dice Edgar Morin, el ser humano es completamente biológico (es decir, completamente animal) y completamente cultural (es decir, completamente no-animal). No debemos olvidar que, por muy homo sapiens sapiens que seamos, seguimos siendo animales y eso es una parte que jamás hemos de olvidar ni de rechazar. Tenemos algo que nos diferencia de los animales, y es el yo, nuestra parte racional, que nos permite llevar una vida distinta a ellos, evolutivamente superior. Pero es el súper-yo, nuestra parte cultural, la que nos convence, no sólo de que debemos reprimir nuestra parte animal (el ello), sino de que el ser humano es el ser vivo más importante de todo el planeta y el resto de seres sólo existen para nuestra disposición (valor instrumental). Esto es lo que se conoce como antropocentrismo. Lo que yo propongo es algo que ya Jean-Jacques Rousseau planteó siglos atrás en su protesta contra el formalismo racionalista: el retorno a la naturaleza; la revalorización de los sentidos y de las emociones como verdadera expresión de la naturaleza humana.

Otro autor, como es Jorge Bucay, también se atrevió a escribir sobre esto. En su alegoría del carruaje realiza comparaciones simbólicas del cuerpo, de la mente y del corazón. Se refiere a la cabina del carruaje como el cuerpo que recibimos al nacer en forma de regalo. Los caballos que tiran del carruaje son los deseos, las necesidades, las pulsiones, los afectos que nos impulsan a la acción. Sin embargo, como los deseos, dejados a su aire, pueden conducirnos por caminos demasiado peligrosos (algo que los caballos no pueden advertir), necesitamos de un cochero que los maneje, es decir, nuestro intelecto, nuestra capacidad para pensar racionalmente. Somos el carruaje, somos los caballos, somos el cochero y somos el pasajero que va dentro, y necesitamos una armonía entre todas estas partes, sin dejar de lado a ninguna de ellas. Dejar que el cuerpo sea llevado sólo por los impulsos, afectos o pasiones, puede ser sumamente peligroso; necesitamos de la mente para ejercer cierto orden en nuestra vida. Pero hay algo que no debemos olvidar: el cochero sólo sirve para evaluar el camino; quienes realmente tiran del carruaje son los caballos, y estos tienen que ser alimentados, protegidos y liberados porque, sin caballos, el carruaje no se movería.

Otro famoso escritor, Paulo Coelho, escribió un cuento sobre un hombre turco que viajó hasta Persia en busca de un gran sabio para hacerle una pregunta. El sabio le dijo que sólo podría hacer una pregunta. El hombre turco, que quería ser claro en su pregunta, le preguntó si podía preguntar en turco. El sabio persa le respondió que sí, y que ya había respondido a su única pregunta. Le dijo, además, que si quería saber cualquier otra cosa, que le preguntase a su corazón. Este autor, Paulo Coelho, insiste, como bien se puede comprobar en su libro El alquimista, en la necesidad de hablar a menudo con nuestro corazón y, sobre todo, aprender a escucharle cuando quiera comunicarse con nosotros, ya que él es capaz de percibir y entender cosas que nuestra mente no es capaz.

Para finalizar, quisiera citar un verso del rey Salomón recogido en su libro de proverbios (4:23): “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.”

Sin nada más que añadir por el momento, quisiera terminar este análisis celebrando orgulloso que cada día soy más quien yo quiero ser y que todos los trastornos psíquicos que he sufrido a causa de lo aquí expuesto son, cada día más, parte del pasado. Y también, después de analizar objetivamente mis ideas sobre la libertad y el deber, creo que he de confesar que soy (no sé aun si orgulloso o no) un educador anarquista antiautoritario.

Autor: Manu Flow

Soy el que soy. Casualidad incomprensible como todas las casualidades.

Un pensamiento en “REFLEXIONES SOBRE EL DEBER: VIVIR MÁS ALLÁ DE LAS NORMAS

  1. un texto magnífico, pero eso ya te lo dije.

    un besazo enorme mi vida!!

    por cierto, yo tambien creo que he de confesar que soy(no sé si orgulloso o no) un capitalista fashion-victim!! jeje

    te quiero!

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